La pugna por Groenlandia entre bambalinas

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Guillermo Hergueta Sálomon

Guillermo Hergueta Sálomon

Estudiante del Grado de Relaciones Internacionales en la Universidad Nebrija.
Especialización en seguridad y defensa con énfasis en Unión Europea y Oriente Medio.

Groenlandia no es el objetivo, sino la moneda de cambio de las principales potencias (EE. UU., China y Rusia) y en donde la cohesión de la OTAN se ha puesto a examen con un aprobado justo.

 El presidente de Estados Unidos desde que llegó a la presidencia en su segundo mandato dijo que quería Groenlandia por motivos de seguridad nacional. Al principio parecía retórica, o se ha decidido dejar pasar el tiempo para ver como evolucionaba ese discurso hasta que evolucionó mostrando una voluntad real de Donald Trump a finales de 2025.

 Fue entonces cuando los líderes europeos se echaron las manos a la cabeza. También es cierto que Dinamarca y Estados Unidos tuvieron reuniones de trabajo para mitigar la pugna por Groenlandia 

La primera opción que había puesto la Casa Blanca sobre la mesa fue comprar Groenlandia. Ante la negativa tanto de Dinamarca (aliado tradicional de EE. UU.) como de Groenlandia, Trump dijo que conseguiría ese ansiado territorio de “una manera u otra” (se interpretó una amenaza militar).

 Después de aquellas palabras vino la disuasión europea o al menos el intento cunado Alemania, Francia y Reino Unido enviaron unidades a Groenlandia para intentar disuadir al gobernante más poderoso del mundo, que respondió con una amenaza arancelaria (otra vez).

Ante una tensión interna en la OTAN, Mark Rutte, secretario general de la misma, se reunió con Trump para abordar la cuestión de Groenlandia. Desde la guerra en Ucrania y con la reciente vuelta de Trump a la Casa Blanca, la OTAN está pasando por una crisis política. Por ello, lo último que necesita es una guerra interna (literalmente).

La presencia de tropas europeas frente a Trump en el Ártico, las conversaciones entre Rutte y Trump y las reuniones técnicas bilaterales en los ya mencionados grupos de trabajo, fueron un cúmulo de factores que influyeron en la desescalada de las tensiones. En el Foro de Davos, Donald Trump cambió de discurso. Ya no hacía referencia a una compra, ni a una amenaza territorial, habló de alcanzar un acuerdo entre las partes. 

Ese acuerdo desembocó en la creación de la “Operación Centinela del Ártico”. Consiste en que el control y mando de las operaciones y de mantenimiento de la seguridad en el Ártico sean ejercidos únicamente por Estados Unidos, aunque sea bajo el paraguas OTAN desde Norfolk. 

Con este pacto entre la Alianza Atlántica y Estados Unidos, se resolvía la crisis de Groenlandia, y Trump consiguió ganarle la partida a China y Rusia que también quieren disputarle el Ártico.

Cabe recordar, que la necesidad de control de Estados Unidos sobre Groenlandia no corresponde únicamente a cuestiones meramente de seguridad, sino también por los recursos que posee el subsuelo ártico (tierras raras esenciales para competir con China).

Trump ha bajado el tono y la diplomacia ha hecho su trabajo, pero aun así que se hubiese producido una intervención militar en el terreno, habría sido un escenario bastante improbable y muy costoso para todos.

 Trump no atacaría Groenlandia militarmente porque sería una muestra de desgaste hacia China. Simplemente estaba ejerciendo presión. EE. UU., ante todo, no quiere que sus adversarios (China y Rusia) tengan la más mínima oportunidad de acceder a las tierras raras.

 Además, todo este enfrentamiento con Europa está conectado con Ucrania. Un conflicto bélico entre EE. UU. y la OTAN, le haría perder autoridad a Trump frente a Putin, y el mandatario ruso podría continuar interviniendo en Ucrania ya que sus adversarios se desquebrajarían, mientras Rusia gana tiempo para hacerse con el Donbás y ganar una ventaja negociadora para un acuerdo más favorable frente a Ucrania.

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